Solamente cuatro fechas separan a los Hooli del fracaso o la
gloria. Cada integrante del equipo, cada hincha, espera durante la semana
realizando sus tareas diarias de forma casi robótica, se los nota idos, con su
mente en otra galaxia. Solamente se piensa en las finales que quedan, y en el próximo
partido.
Cuatro rivales, cuatro finales, un solo equipo. Las finales
perdidas dejaron heridas abiertas, que no cierran, que cuando apoyamos nuestra
cabeza en la almohada y nos entregamos al sueño nos hacen recordar los penales
errados, lo que quedo en el camino. Heridas de guerra.
Los hinchas prenden velas, el
cuerpo técnico pega estampitas de la virgen en los lockers del vestuario,
Bedini sentado, en su oficina junto al fuego que arde, mientras ve quemarse las
fotos de su pasado como jugador, con un habano a medio consumir en el cenicero,
y un gato esperándolo en la cama, piensa y sonríe. Ve la gloria al alcance de
sus garras, pero sabe que él no puede hacer nada. El poder no sale a la cancha,
si el orgullo, si la confianza, si los huevos con los que hay que jugar cada
partido. El escudo arde, quema en cada corrida, en cada pelota recuperada, en
cada gesto de hermandad, de confianza con el compañero, quema, arde, porque está
dejando huella en la piel de los Hooligans.

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